DE CARA AL CIELO
Por Manuel Toledo Vargas
Sentía la brisa acariciándole suavemente el rostro. Una paz infinita empezaba a inundarlo .Alzo una mano como queriendo tocar el cielo, pero las nubes no le daban para mantener mucho tiempo esa actitud. La hojarasca húmeda se arremolinaba a su alrededor cubriéndolo imperceptiblemente .La embriaguez había ido disminuyendo y con ello aumentaba el frio. El amanecer estaba próximo y pronto vería los primeros rayos del sol.
Hizo un esfuerzo para incorporarse pero no pudo. Se dejo estar. Quiso recordar alguna cosa agradable como para matar el tiempo. Lo primero fue pensar en su madre.
-Huguito… ¿no vas a ir a la cancha esta tarde?
-Si, vieja…Hoy tenemos un partido muy importante para el campeonato…no podemos perder.
-Bueno entonces deja de tomar que luego vas a estar mareado.
-Si, viejita, un vasito mas y luego me tomo unos mates amargos.
-Esta bien, hijo…así no andas armando escándalo.
El frío había aumentado un poco. Percibía borrosamente la silueta del árbol. Por allí alguna hoja le cosquilleaba en el rostro. Trataba de lograr algún vomito como para aliviar un poco la pesadez del estomago, pero, lo único que obtenía era segregar una baba amarga y maloliente que se quedaba en los bordes de su boca.
Por fortuna, esta vez, las arañas lo habían dejado en paz. Las pesadillas eran terribles. A veces eran tantas, que los pisotones y manotazos no le daban abasto para poder eliminarlas. Se le subían por las piernas; trepaban por la espalda; se le clavaban en la nuca y hasta se le metían en la boca. Ahora no. Ahora sentía una tremenda tranquilidad. No había arañas ni grillos. Los grillos eran otros bichos molestos. Su canto, que para otros resultaba agradable se tornaba tan estridente que lo hacían ponerse histérico. Por más que se tapaba los oídos no lograba dejar de escucharlos. Escapaba al patio en calzoncillos, pero la lluvia le traía sapos y lagartijas.
- ven, Hugo, que te estas mojando- le decía Susana, su mujer, tomándolo del brazo- te voy a preparar un café…
El le obedecía tiritando de frío. Sentía la necesidad de un trago, pero quería complacer a su mujer y se tomaba un café. Luego cuando ella se durmiera, saldría otra vez al patio y sacaría de su escondrijo la cajita de vino que en la tarde había guardado, por si acaso.
- cuando dejaras eso- le preguntaba Susana con un tono de ruego- ayer, después del partido estuviste peleando sin ninguna razón… después te lanzaron del bar y anduviste haciendo macanas en el centro.
- ¿en serio?… no me acuerdo- dudaba Hugo- y… ¿Por cuánto ganamos el partido?
-¡¡ que iban a ganar si andaban todos borrachos ¡!
- y bueno, pero nos divertimos ¿no?
Una hoja del árbol le cayó entre los labios. Quiso expulsarla soplando y cuando entreabrió la boca salieron volando un millón de palomas blancas que empezaron a revolotear sobre su cuerpo. Una de ellas se trepo en una hoja y se dejo llevar por la brisa. A lo lejos sintió un murmullo como si fuera un coro cantando aleluyas. Luego parecía ser el ruido de vehículos. Trataba de aguzar el oído, pero solo escuchaba el rumor de la hojarasca que lo tapaba más y más.
Podía visualizar, desde su posición cara al cielo, algunas estrellas. Parecía que ya empezaba a clarear. Queda poco, pensó. Si, muy poco. Los pies ya no los sentía. Los brazos lazos estirados al lado de su cuerpo se negaban a moverse. La quietud de la espera lo estaba adormilando. Se resistía con todas sus fuerzas por que sabia que en cualquier momento llegaría la ayuda que necesitaba para incorporarse y marchar hacia su casa en donde lo esperaban sus hijos.
- papa, no tomes mas… nos das vergüenza.
- no, hijo… un vasito y nada mas.
- Si, pero vos decís que un solo vaso mas y después sigues tomando y nuestros amigos se ríen de nosotros ¡¡ y de vos también!!
- Bah, no les den bolilla.
- Si, pero cuando fuiste a la reunión de padres, te comportaste muy mal por que estabas borracho.
- Si, pero, yo tena razón… esos hijos de mil putas no tenían idea de lo que decían; por eso tenia que ponerlos en su lugar.
- Pero no así, papa, como lo hiciste.
- Bueno, bueno, dejen de joder ¡carajo!
Un vecino lo convenció para asistir a las reuniones que organizaba el GIA (Grupo Institucional de Alcohólicos). La primera vez tuvo mucha vergüenza. Asistió durante dos semanas sin faltar un día, hasta que unos amigos lo invitaron a comer un asado y para bajar la grasa del capón probo de nuevo el vino. Y siguió probando hasta que sobrevino la primera perdida del conocimiento cuando cayo rígido al suelo con los ojos mirando a cualquier lado. Después que paso todo fue al medico.
- Va a tener que abandonar el alcohol. Este desmayo es el primer aviso. Después vendrán otros peores.
- Si, doctor.
- Todo depende solamente de Ud.
- Si, doctor.
- A un esta a tiempo de cambiar su vida.
- Si, doctor.
- Si, doctor…si, doctor…si, doctor… hasta el cansancio. Siguió bebiendo. Empezó a ver las arañas, las lagartijas, las ranas y los sapos; los grillos que no lo dejaban dormir con su chirrido persistente. “el doctor que se cague, que mierda me importa. Venga un vino, mozo, y traiga otro mas”. Uno tras otro hasta llegar a esa embriagues cautivante. Después ir hasta la casa tambaleando. Buscar en la heladera algún resto de alcohol. El ultimo antes de acostarse. Otro para poder seguir durmiendo. Y en la mañana, el agua que le reventaba el hígado. La sed que quemaba la garganta.
“la puta madre, solo tengo seis palos y el vino cuesta doce”, pensaba mientras hurgaba en sus bolsillos vacíos. “voy a pedirle al vecino torres. El debe tener. Siempre tiene, total después se lo devuelvo”.
De pronto, esos agujeros negros. Cada vez más frecuentes. Con las manos se asía del aire y volaba. Extendía los brazos y planeaba por donde el quisiera. Al lado las nubes danzaban grotescamente y los Ángeles le cantaban mientras el les sonreía.
- Huuuugooooo…Huuuugoooo- lo llamaban voces lejanas, apenas audibles- Huuuugoooo.
Sacudía su cabeza para despejar los oídos. Las voces lo seguían nombrando. El árbol empezó a retorcerse. Parecía reír. Soplo hacia el y le volvieron a salir palomas blancas. De entre los dientes le brotaron miles de conejitos extrañamente blancos. De repente, de la lengua salio un dragón echando fuego por sus fauces.
Hugo abrió los ojos desmesuradamente. Tenía miedo. Terror. El tiempo se iba. Dio un estertor repugnante y se quedo quieto.
Muy quieto…de cara al cielo.
EL VIEJO SOMBRA
Al Viejo Sombra lo conocían todos en el barrio. Le decían así por ser de pequeño porte y bastante negrito. Silenciosamente, como una sombra, se había allegado a mi casa sin que me diera cuenta. No recordaba el tiempo que él estaba junto a nosotros. En un principio traté de echarlo, pero siempre ganaba mi voluntad y lo seguía soportando allí con sus silencios. Su edad era imprecisa. Denotaba una gran cantidad de años sobre sus espaldas por su forma de moverse cuando se incorporaba de donde estaba sentado y cuando movía su boca casi totalmente desdentada.
En rigor a la verdad, su presencia no me molestaba. Diría que era todo lo contrario, ya que él se encargaba de cuidar el taller y el patio en los momentos que yo me ausentaba para cumplir con los requerimientos de mi clientela. Un hecho vino a corroborar lo que estoy diciendo y fue cuando lo observé, sin que se diera cuenta, expulsando del patio a unos extraños sin que se atisbara en él un ápice de cobardía.
Confieso que nunca hubo una comunicación fluida entre nosotros. Él sabía interpretar muy bien mis estados de ánimo, lo que me evitaba la necesidad de decirle algo, quizás ofensivo; porque conociéndome como me conozco, podría haber llegado a esos extremos. Nunca he podido dominar mis impulsos primarios, por eso agradecía sus silencios. Todo eso contribuía para que nuestra convivencia fuera lo más aceptable posible.
Así pasaron los años. El Viejo Sombra con sus costumbres y yo con las mías. Él su vida y yo la mía. Yo no molestaba y él a mí tampoco. Siempre calladito, se colaba en los asados que hacíamos de vez en cuando en el taller con los amigos. Sin mediar invitación, masticaba la carne con dificultad dado la falta de sus piezas dentarias, pero se las arreglaba a los tirones.
De repente desaparecía por unos cuantos días y luego regresaba como si nada hubiera pasado. Sin embargo durante sus ausencias. Mis hijas, ya grandotas, no cesaban de preguntar y hacer conjeturas sobre qué podría haber pasado con el Viejo Sombra. Tal vez podría haber muerto de frío ya que el invierno se había venido bastante crudo con temperaturas muy difíciles de aguantar. O quizás podría haber quedado debajo de las ruedas de algún vehículo dado la desaprensión de los conductores que toman las calles como si fueran pistas de carreras. Ellas habían aprendido a quererlo antes que yo. Lo mío fue más por la inercia de los hechos consumados. Él estaba allí y lo aceptaba tal cual era. Otra explicación no había. Si me hubiera llegado a molestar, lo echaba a patadas y listo el problema. Así es que la cosa era bastante fácil.
El drama se desencadenó cuando se lo quisieron llevar. Lo agarraron en la vereda de la casa sin ninguna consideración. Lo tironeaban de todos lados mientras él se resistía con las pocas fuerzas que le quedaban como consecuencia de sus años. Desde el taller escuché los gritos de mis hijas avisándome de lo que estaba pasando en la puerta de mi casa. Salí corriendo sin entender muy bien nada. Allí vi a los hombres tratando de llevárselo. La desesperación en las caras de mis hijas me impulsó a tomar una actitud violenta y arremetí ciego en contra de los agresores. Nada había que pudiera detenerme. Luego de algunos forcejeos y unos golpes, me instalé entre el Viejo Sombra y los hombres que me miraban con cara fiera. No me amilané y les dije a los gritos que al Viejo Sombra no lo tocaban y que no se lo llevarían a ninguna parte.
Cuando se convencieron de la firmeza de mis convicciones, desistieron de su cometido y refunfuñando maldiciones en contra de mi persona, se subieron a la camioneta que les servía de perrera y prosiguieron su camino.
El Viejo Sombra, desde abajo, me miró con su dulce cara de viejo y meneó la cola siguiéndome hasta el taller y se fue a echar al lado del quemador de gas. Apoyó su cara contra el piso y con una mirada aburrida siguió todos mis movimientos. Sonreí satisfecho.
1995.-Diciembre= Es nominado por la SADE, seccional Oeste de Buenos Aires, junto a otros nueve escritores en el Certamen Nacional de Cuentos “Santiago Davobe”.
ESE RUGIR DE LAS OLAS
-¡Otra vez! – exclamó Eugenio Márquez echando espuma por la comisura de los labios. Miró para todos lados buscando a Daniel Lorenzo. Estaba seguro que el autor del desastre era él. A lo lejos divisó la luz cambiante del fuego que ardía en el interior de la otra choza que estaba distante unos mil metros de la suya y con los ojos inyectados en sangre, dando grandes zancadas, encaminó sus pasos en esa dirección. A sus espaldas quedaban los restos de lo que había sido su cobijo para los duros días que pasaba en la playa recolectando algas y otros productos marinos.
Sospechó desde un principio que el autor había sido ni más ni menos que Daniel Lorenzo, porque desde hacía rato que ambos se disputaban los pedazos de playa para abarcar una mayor zona de recolección y así poder entregar un buen lote al Contratista que se los pagaba a unos cuantos pesos por kilo, siempre y cuando estuviera bien seco. Por eso necesitaban mayor extensión de playa. A esa magra ganancia le sumaba alguna pesca de algunos róbalos y a la cosecha de mariscos como almejas, cholgas y mejillones. Juntando todo eso, su estadía en la costa le redituaban un buen pasar, según sea como uno lo quiera interpretar.
El chilote Andrade les había enseñado a distinguir el “luche” y el “cochayuyo”, el que recolectaban y secaban al sol y que por ahora lo estaban utilizando para su propio consumo.
El luche lo preparaban en una olla al estilo de una sopa. Le agregaban papas, zanahorias y algunos mariscos. Cuando tenían algo de carne de capón también se lo ponían de manera que, al mejor estilo chilote, se deleitaban comiendo del mismo mar y lo regaban con abundante vino que compraban en damajuana porque así les salía más barato. Al cochayuyo lo preparaban a manera de guiso, lo que resultaba una exquisitez. Así, terminaban siempre ahítos de comida y bebida y dormían hasta el otro día cuando el frío del amanecer les recordaba que debían volver a la recolección de algas ya que el Contratista iba a pasar en un par de días con su camión a recoger lo que ellos habían juntado. Y eso significaba mucha plata para ellos.
Pero él, Daniel Lorenzo (Lorenzo era su apellido) era muy mal arreado. Su pésima convivencia con los demás algueros era sustantiva. Se aprovechaba de su gran porte para matonearlos a todos. Querer oponerse a sus abusos significaba terminar amoratado por sus golpes, cuando no sangrando por algún par de heridas en el cuerpo.
En esta oportunidad ya se había rebalsado el vaso. Eugenio Márquez estaba totalmente enfurecido. Había ido a comprar vino al pueblo e incluso tenía pensado en invitarle a Daniel Lorenzo como para apaciguar las continuas disputas que ambos tenían por esos pedazos de costa; pero bajo esas condiciones no. De ninguna manera se iba a seguir prestando a los abusos del gigantón. Rumiaba su indignación pensando que no era justo lo que el otro había hecho con su choza. ¡Cuantas veces él le habría podido hacer lo mismo! Pero, siempre pensó que en el fondo los dos eran compañeros de infortunio y que de una u otra manera tenían que apoyarse. Los pobres deben ser unidos. Pero, lo sucedido era el colmo y con inaudita decisión agarró un palo y se encaminó directamente hacia la choza de Daniel Lorenzo dispuesto a enfrentarse con él cueste lo que costare.
La estatura de Márquez no superaba el metro sesenta y Lorenzo medía como un metro noventa. Eso no fue impedimento para que sin mediar palabra le asestara tal garrotazo que el grandote no pudo asimilar y tambaleando su inmensa humanidad fue recibiendo el violento castigo que Márquez le fue propinando en su enceguecida furia. Cuando el otro cayó contra la arena, completamente manchado de sangre, Márquez reaccionó y dejó de golpearlo. Luego de putearlo, como si el otro pudiera escucharlo se alejo en dirección a su choza y refunfuñando maldiciones empezó a tratar de rearmarla, mientras que de tanto en tanto se empinaba la damajuana y bebía su vino haciendo sonar el gargüero escandalosamente como burlándose de Lorenzo que a lo lejos lo vio que se movía arrastrándose penosamente hacia su propia choza. Se tranquilizó al verlo vivo, pero de a ratos le venían oleadas de odio que le subían a la cabeza y deseaba ir y matarlo de una buena vez.
En eso estaba cuando llegó el chilote Andrade, quien casi sin sorpresa y adivinando lo que había pasado, no hizo preguntas y al son que había vino le empezó a ayudar a levantar los maderos para armar de nuevo la choza.
Parecía que esa noche iba a haber marejada, así es que había que prepararse porque cuando el mar está así trae muchas algas y mariscos y había que aprovechar de irlas sacando antes que se las llevara de vuelta o las cubriera con la arena que iba amontonando con el fuerte oleaje.
Una vez que rearmaron a medias la choza, se dispusieron a trabajar en lo otro. Para cumplir con su cometido tenían unos ganchos de hierro especialmente preparados para agarrar las algas y arrastrarlas playa arriba. También contaban con canastos o morrales que terciaban cruzando una correa por encima de los hombros en el que iban poniendo las almejas y cholgas, eligiendo las más grande que las olas traían consigo.
-“Tendría que haberlo matado al hijo de puta de Lorenzo” - farfullaba por lo bajo Márquez - “Seguro que cuando se le pase la borrachera y se acuerde me va a venir a hinchar las pelotas, pero ya no le tengo miedo... solo a traición me puede madrugar... Tendría que haberlo matado al hijo de puta, no más.”
Por ahí le quería dar miedo, pero - “era hora que alguien le parara el carro al grandote de mierda abusivo”- seguía pensando – “Espero que aprenda a respetar el desgraciado”.
Las olas se dejaban sentir pegando contra las arenas de la playa. Márquez, un poco borracho vio que su compañero, el chilote Andrade estaba durmiendo la mona, como se dice, y no quiso despertarlo. Tambaleándose él también, producto del vino ingerido y la bronca, tomó sus herramientas y se dispuso a encarar el trabajo de esa noche.
La luz de la luna llena iluminaba las arenas húmedas y recortaba nítidamente el reventar de las olas. A lo lejos divisó la silueta de Daniel Lorenzo, también tambaleante. Seguramente andaba medio borracho igual que él. Siempre era así, por eso no se preocupó ni le causó miedo. El vino siempre da coraje. Y él estaba preparado para repeler cualquier agresión. Atrapó las primeras algas que fue tironeando bien lejos de las olas, playa arriba. De cuando en cuando recogía alguna almeja de las que él veía más grande y la ponía en su morral. Sin darse cuenta fue logrando una buena cantidad de algas en un lapso de una hora y algo. La marea seguía subiendo y las olas se hacían más estruendosas y amenazantes a medida que pasaba el tiempo.
Preocupado en su tarea ni se dio cuenta cuando estaba casi junto a su adversario. De pronto ambos quedaron mirándose fieramente a los ojos. Se midieron sin que ninguno quisiera amilanarse y como en la pelea anterior, sin mediar palabra se abalanzaron uno contra el otro. Rodaron por la arena hasta llegar al borde de la reventazón de las olas. Márquez se dio cuenta que Daniel Lorenzo estaba en inferioridad de condiciones por la paliza que él le había propinado en la tarde así es que se envalentonó y a manos limpias, como para que nunca más lo vuelva a molestar, pretendió mostrarle su superioridad boxística y las emprendió a golpes de puño contra su contrincante.
Diría que se sintió feliz de pelearlo al grandote en igualdad de condiciones y adoptaba poses al estilo de “Locomotora” Castro. Cuando estaba haciendo el llamativo molinete con el que el famoso boxeador siempre compadreaba ante sus adversarios, vio que Daniel Lorenzo trastabillaba y se caía justo cuando una inmensa ola reventaba en la arena. El agua lo cubrió en un santiamén y en su reflujo lo arrastró hacia adentro. Todo fue tan rápido que Márquez apenas se dio cuenta que su contrincante había desaparecido de su vista. A la siguiente ola lo vio manoteando desesperadamente y otra vez el reflujo lo volvió a arrastrar cuando gritaba desesperado pidiendo ayuda.
-“Ahógate hijo de puta... A ver si me vas a volver a romper mi casita... Muérete, mierda” - pensó en voz alta Márquez y dándole la espalda hizo ademán de seguir juntando algas sin que le importara que el otro se estuviera ahogando.
Daniel Lorenzo luchaba denodadamente contra la furia de las olas, pero sus debilitadas fuerzas lo iban abandonando. El vino que había tomado en demasía tratando de recuperarse de los golpes que había recibido más la propia paliza, le habían quitado mucha de su vitalidad y se sentía débil ante la fuerza del mar. Parecía que ese era el final y entonces gritó bien fuerte
-“¡Por favor Señor, perdóname por todos mis pecados!”
Eugenio Márquez no escuchó nada del ruego emitido por Daniel Lorenzo porque el rugir de las olas lo apagaba todo. De pronto, por efecto de una ráfaga del viento, una de las algas que él estaba recolectando lo golpeo en la cara y sin saber por qué se acordó de Cristo, cuando éste puso su otra mejilla y cuando perdonó a los que le hacían daño y a tantos otros pecadores. Detuvo su tarea y se volvió para ver como su contrincante era llevado y traído como un guiñapo por las olas que iban y venían incesantemente. Se le estrujó el pecho cuando pensó que estaba punto de verlo morir ahogado a dos metros de la costa.
-“Ma, sí – dijo - ¿Cómo lo voy a dejar morir si es un ser humano igual que yo?... ¡Total... todo lo material se recupera! ¡La vida no... !
Corrió hasta la reventazón de olas y con el gancho que tenía para recolectar las algas dejó que el grandulón se agarrara y a duras penas lo arrastró hacia afuera.
La mañana sorprendió a Eugenio Márquez y Daniel Lorenzo estirados en la playa, uno al lado del otro, cuál hermanos, descansando después de la dura noche de trabajo, mientras el chilote Andrade recién levantado de su borrachera, preparaba un oloroso café en el fuego que ardía en la choza aún a medio reconstruir.
2003.- Octubre 24= PRIMER PREMIO en el Primer Certamen Literario “ Relatos de la Costa” organizado por la Universidad Nacional de la Patagonia Austral, Unidad Académica Caleta Olivia.
2003.- Noviembre 20= Segundo Premio en el Primer Concurso Literario Internacional de la ONG Reencuentro “ Chilenos se reencuentran con la Cultura en Cartagena y la V Región de Chile”. Participaron escritores Chilenos residentes en distintos países del mundo.
2007.- Diciembre 3= PRIMER PREMIO en la categoría GUION del Festival iBEROAMERICANO de Cine AL EXTREMO, DE Rio Gallegos
MUTANGONIA
“mutangones” cuya única actividad que le conocíamos era una lucha salvaje de unos contra otros por una magra supervivencia. Sabíamos que a raíz de las radiaciones recibidas, en sus cerebros se habían atrofiado algunas neuronas, retrotrayéndolos en unas cuantas décadas. La poca inteligencia que conservaban no les alcanzaba como para construir algún equipo de radio. Por lo menos, esa era la información que poseíamos hasta el momento.
Hacía ya bastante tiempo que en la Base Central habían estado captando algunas señales de radio que parecían originarse en la zona conocida como el Cono Sur de América. El hecho resultaba inusual porque esa región sólo estaba habitada por los
Hacía ya bastante tiempo que en la Base Central habían estado captando algunas señales de radio que parecían originarse en la zona conocida como el Cono Sur de América. El hecho resultaba inusual porque esa región sólo estaba habitada por los
Las defensas instaladas en la frontera sur de Buenos Aires tenían la capacidad para aniquilar a quién intentara transponerlas sin el permiso correspondiente que sólo era dado a las patrullas que custodiaban el lugar. Cualquier intruso, hombre o bestia, era reducido a cenizas en una fracción de segundos. Desde ese lugar hacia el sur se extendía lo que antes se llamaba Patagonia y rebautizada como Mutangonia en alusión a los seres que la habitaban.
-Estas señales nos están alarmando – me explicaba el Comandante – Los científicos opinan que si los “mutangones” son capaces de construir un aparato electrónico, bien pueden amenazar en cualquier momento, la estabilidad de nuestra Civilización...
Yo lo escuchaba parado rígidamente frente a su escritorio, como corresponde a un buen Oficial de la Guardia de Frontera.
- Seleccione algún Ciborg para que lo acompañe – me espetó el Comandante- Deberá investigar el asunto y resolver taxativamente. Ante cualquier duda, proceda a eliminar todo vestigio de inteligencia.
- Bien Señor... Pero, ¿Y si se trata de algún Ser humano normal? ¿ Y si es alguna persona... alguno de los nuestros que está viviendo por allí y está tratando de pedirnos ayuda? – consulté casi con temor.
- Imposible... Esa área ha estado contaminada por años. Cualquier ser vivo que no tuviese el antídoto perecería indefectiblemente. Allí sólo viven los “mutangones” – masculló con tono de impaciencia, el Comandante - ¡Cuídese de ellos...Son extremadamente salvajes!
- ¡Sí, Señor! – repuse enérgicamente - ¿ Cuando debo partir?
- Lo más pronto posible...¡Ah! ¡Verifique bien todo su arsenal porque después no tendrá oportunidad si le falla algo! ¡Un error y se le va la vida!
Hice el saludo militar y me retiré para efectuar los preparativos de la misión.
Al amanecer del día 4 de Enero del 2.095 arribamos a los desolados territorios de la Mutangonia. El aire se sentía pesado y el sol me quemaba la piel. MT-5, el Ciborg, sudaba también por su parte humana. Estos Organismos Cibernéticos son construidos con una buena cantidad de partes humanas. Tendríamos que llamarlos Humanoides, pero a ellos les desagrada el término y prefieren ser identificados como Ciborg, que les suena más americanizante.
Estacionamos la nave muy próxima a unos roquedales. Conecté los sistemas de defensa y mimetización, antes de alejarnos. De allí en adelante continuaríamos a pié. MT-5 cargó con lo más pesado, mientras yo tomé la pistola de rayos láser y el pequeño equipo que me comunicaba directamente con los computadores de la nave. Caminamos por el agrietado suelo reseco en dirección a unas montañas que parecía tener alguna vegetación.
Pasado el mediodía llegamos a un lugar en donde encontramos los primeros vestigios arbóreos. Muy cerca corría un arroyo de aguas cristalinas. Decidí acampar bajo unos árboles en espera a que disminuyese ese calor de 40° a la sombra, según mi termómetro. Fui hasta el arroyo y luego de verificar la potabilidad del agua, me agaché y colocando mis dos manos a modo de taza, sorbí ruidosamente el vital elemento.
De pronto me pareció escuchar voces. Me enderecé prestamente manoteando mi pistola mientras oteaba hacia todos lados. MT-5 estaba lejos revisando las vituallas, por lo que deduje que no él quién había hablado. Me extrañó su tranquilidad ya que sus sensores deberían haber captado la presencia de cualquier ser extraño y sin embargo continuaba impertérrito con sus labores.
-¿Quién o qué será? – murmuré para mí mismo. El corazón me golpeteaba alocadamente. Escruté cuidadosamente los alrededores sin obtener resultados.
-¡Tranquilo Oficial Mario! – escuché una voz susurrante -¡No cometas ninguna torpeza!
-¿Quién es... ?
-Por ahora no importa– dice la voz que parece salir desde algún lugar enfrente de mí– Este no es tu mundo... ¡Márchate antes que sea tarde para ti!
Recién me doy cuenta que estoy recibiendo una comunicación telepática. Con razón MT-5 no ha captado nada.
-¡Vamos! – Carraspeo para aclarar mi voz - ¡Quiero verte! Vengo en misión de paz y necesito que me ayudes – finjo contemporizar.
- Sé a lo que vienes – repuso con tranquilidad la voz
“Maldito mutangón – pienso para mis adentros – Quizás ya sabe todo. Parece que adivina mis pensamientos...”
-No sólo tus pensamientos, sino también tus sentimientos. Sé que no eres como los demás. Te conozco más de lo que supones...
Sentí un escalofrío a pesar del tremendo calor reinante. Ahora tenía curiosidad por saber más acerca de estos seres. De alguna manera tenía que convencer al “mutangón” que no le estaba tendiendo ninguna trampa. Para lograrlo tenía que auto convencerme y tratar de actuar limpiamente. Él lo supo enseguida porque dijo:
-Debes deshacerte del Ciborg. Él es más máquina que hombre. No tiene sentimientos...
Entendí. La Jefatura sabía que yo podía llegar a tener debilidades. Por eso me habían enviado acompañado del Ciborg. Este no vacilaría en cumplir su cometido si yo fallara por dejarme llevar por los sentimientos.
-¡MT-5! – le grité – Deberás regresar... Algo anda mal en las comunicaciones. Quizás haya algún campo electromagnético interfiriendo las señales – justifiqué mi orden – Si mal no recuerdo, en los mapas figura un lugar llamado Sierra Grande, que antes fue un yacimiento de hierro. Por allí puede estar el problema. Lo mejor será verificar todo antes de continuar con la misión.
El Ciborg se marchó si proferir comentario, como es habitual en estos seres. Eso no me importaba. Ahora iba a poder conversar más abiertamente con el “mutangón” y enterarme así de algunas cosas que, intuía, iban a cambiar el rumbo de mi vida.
El sol seguía llegando a pleno sobre la tierra. La sombra de los árboles no lograba atenuar el sofocante calor. El sudor me moja todo el cuerpo y debo fruncir el entrecejo para poder mirar. Distingo sus pies calzados con unas sandalias y bajo su larga túnica blanca sólo veo el brillo de sus ojos inquietantemente vivaces.
-Este no es un buen lugar para ustedes – dice con voz cascada el anciano – hace ochenta y un años que no es un buen lugar para ustedes – me doy cuenta que es su voz y no una comunicación telepática.
Un escozor me recorrió la médula espinal cuando escuché sus palabras. Tenía miedo de profundizar demasiado porque algo en mi interior me estaba indicando que era heredero de la responsabilidad por lo que allí había sucedido décadas atrás.
En la Historia que había estudiado en los Centros de Educación del Sistema, me hablaban del pasado petrolífero de la zona y de cómo los antecesores de estos “mutangones” habían proliferado fundando ciudades, algunas de las cuáles llegaron a ser importantes centros comerciales.
Mi mente se esforzaba al máximo tratando de no perder el hilo de las cuestiones que mencionaba el anciano y el tráfago de cosas que pululaban en mi cerebro casi a punto de estallar ante tantas emociones vividas en tan corto plazo.
- Lo que quiero es la verdad – repuse tratando de calmar mi estado de ánimo – Quisiera saber el por qué de esta situación... El origen de ustedes...El por qué de nuestros odios...
- Mario – me dijo suavemente el anciano – Hay muchas cosas que ignoras. Cuando escuches nuestra versión comprenderás el por qué de tu misión – sentenció enigmáticamente – El por qué te mandaron a destruir...
Mi misión era destruir todo lo que fuera o pareciera inteligente. Esa era la tajante orden recibida de mis superiores. Pero, antes yo quería disipar todas mis dudas, porque carcomían mi estabilidad emocional. No quería actuar sin miramientos y luego retornar a la Base para rendir fríamente mi informe y sanseacabó el asunto.
- Sé perfectamente cuál es tu misión – el anciano captaba todas mis vacilaciones – Es largo de contar, pero ahora conocerás la otra cara de la Historia... Tú serás el depositario de la Verdadera Verdad.
Supe enseguida que mi misión iba a resultar un fracaso. Sus ojos estaban clavados en mí. Con voz pausada empezó el relato:
“Tus superiores saben perfectamente de nuestra existencia. Saben quienes y cómo somos. En su centenaria ceguera se siguen negando a comunicarse con nosotros. Ellos piensan que amenazamos su seguridad, por eso destruyen todo lo que los pueda vulnerar en su inmanente debilidad. Su mentalidad espuria sigue siendo la misma que hace ochenta y un años atrás cuando ocurrió la gran explosión, allá por el año 2.011 y que afectó con sus letales radiaciones a miles de congéneres en cientos de kilómetros a la redonda.
En esta zona existió un gran campo lleno de petróleo. Su explotación trajo consigo mucho progreso y bienestar para todos los habitantes de la región. Pero la avaricia y la sed de poder permitieron que las grandes compañías sacaran hasta la última gota de petróleo sin importarle la contaminación de las napas subterráneas que producían los químicos usados para tales fines de manera que se terminó desolando aún más toda la árida región.
Como si fuera poco, se sucedieron las erupciones del Volcán Hudson que estaba ubicado en lo que era el país de Chile, más precisamente en el paralelo 46 y meridiano 73. Curiosamente, la actividad volcánica se registraba exactamente cada veinte años. La primera erupción constatada fue en el año 1971. La segunda que fue mucho más virulenta, en 1991. La tercera y la más catastrófica ocurrió en Agosto del año 2.011.
También, entre los años 1990 y el 2000 se dieron las grandes discusiones alrededor de un tema tabú como lo fue la instalación de un Repositorio Nuclear en la localidad de Gastre.
Las dos últimas erupciones del Hudson modificaron la estructura geológica de la zona. A pesar de todas las advertencias formuladas por los ecologistas, el Gobierno se dejó tentar por las grandes Potencias y permitió la construcción del Basurero Nuclear ubicado más o menos a la misma altura del volcán, hacia el Este.
Todos los desechos radiactivos que nadie quería tener en su país, fueron depositados en Gastre a partir del año 2008. Después de esa fecha, la Argentina, dueña del repositorio, comenzó a recibir dinero a raudales sellando así su propia condena.
Dos meses después de la última erupción sobrevino la tragedia. Un terrible terremoto sacudió todos los estratos de lo que era la Patagonia. Las súper seguras estructuras blindadas cedieron y allí fue el principio del fin...”
El anciano “mutangón” hizo una pausa como para rehacerse de la emoción que también me embargaba a mí. Tragué saliva sospechando el corolario de su relato.
“La explosión fue terrible e interminable. El cielo se oscureció totalmente y esa oscuridad permaneció por un largo período que nunca supe determinar ya que entonces yo era un niño. La radiación se extendió por doquier y afectó a todos los seres vivientes que habitábamos al sur de río Colorado. La mayoría murió al instante y otros les siguieron con el tiempo envueltos en penurias indescriptibles. Algunos logramos salvar nuestras vidas por milagro. Y así, de a poco, nos fuimos convirtiendo en la conciencia de la Civilización. Fuimos y somos testigos de la barbarie. Por eso se niegan a comunicarse con nosotros. Por eso quieren borrarnos de la faz de la Tierra. Porque... ¡Esto es lo que dejaron del Hombre!”
El anciano “mutangón” dio un paso hacia mí. Con parsimonia teatral se quitó parcialmente su túnica blanca y me mostró a la luz del sol resplandeciente, su cara y sus manos llagadas,
-o-o-o-o-
Cuando vi su cara y sus manos comprendí todo. Era como si la historia ya ala conociera. Yo, el Oficial Mario, ya no podría cumplir con mi misión.
Entonces, sin mediar intercambio de palabras, comenzamos a caminar por el desolado paisaje en una dirección que sólo el anciano conocía.
Ya anochecido llegamos al poblado. Durante el largo trayecto, el anciano me había contado una infinidad de pormenores que yo desconocía y que me sirvieron para ir entendiendo la existencia de la hoy llamada Mutangonia y sus habitantes.
-Esta es Alfa – me indicó el anciano. Antes me había presentado a otros miembros de su familia – Mi nieta... Una de las últimas nacidas en nuestra comunidad. Después ya no ha habido alumbramientos.
La esbelta figura de Alfa se destacaba del resto, o por lo menos, yo la veía diferente. Quizás su mirada siempre cruzándose con la mía; o ese estremecimiento al rozar su mano; o ese temblor en mi voz cuando la nombraba, fueron la causa que hicieron que me quedara más tiempo del que pensaba junto a los “mutangones”.
Si bien es cierto que casi me había convertido en uno de ellos, no dejaba de ser el Oficial Mario de la Guardia de Frontera con una misión que cumplir. En cualquier momento, guiados por MT-5, llegarían las huestes de Buenos Aires a arrasar con todo lo que encontraran vivo, en represalia por mi supuesta desaparición. Seguramente ellos darían por descontado mi fin en manos de los “salvajes mutangones”.
Aceleradamente trataba de hilvanar una explicación por mi tardanza. También me importaba armar un discurso para convencer a las mentes obtusas de mis superiores acerca de las bondades de la tolerancia y la convivencia de las dos comunidades.
En poco tiempo, más que conocerlos a ellos, me había sorprendido descubriendo cosas en mí que dormían ignoradas en las profundidades de mi ser. De pronto, supe del amor y la pasión en los brazos de Alfa. No quedaron partes de ella que no fueran exploradas por mis ansias. Me faltaban besos y caricias para expresarle todo ese amor que me desbordaba los sentidos.
Estas expresiones que me brotan espontáneamente, en el Sistema no tienen lugar. Mucho menos expresar el amor por una mujer. Allá todo está programado, incluyendo la manipulación genética y otras prácticas con el objeto de no perder el rumbo de lo planificado por el Estado.
Esa paz bucólica, que por primera vez en mi vida estaba disfrutando, se vió interrumpida por el alerta que llegó desde los cerros cercanos donde los “mutangones” tenían sus puestos de observación.
- ¡Atentos en Base! – sonó la voz por los altoparlantes distribuidos estratégicamente en el poblado - ¡Se acercan extraños en las cotas uno y dos y siguen avanzando!
- ¡Recibido puesto de guardia! ¡Manténganos informado continuamente!
- Deben ser de la Guardia de Frontera – le dije al anciano para tranquilizarlo – Yo hablaré con ellos... No se preocupen. Nada pasará...Ya verán...
En la mirada del anciano noté su incredulidad. En mi interior me sobresalté por mis propias dudas. No estaba convencido de lo que estaba diciendo. Más me parecía una actitud protocolar que una convicción.
- De cualquier forma – meditó el anciano – Tomaremos los recaudos como siempre lo hemos hecho... Por las dudas.
La espera se había hecho interminable, pero ya los tenía a la vista. Confiado fui al encuentro de ellos. Tarde me di cuenta que iba vestido como un “mutangón”. Claro, con el tiempo me había acostumbrado a ellos y ellos a mí, y para no tener diferencias, mi indumentaria era la misma que usaban todos.
Dejé mi cara bien al descubierto para que me reconocieran y no me dispararan pensando que era el enemigo. Alcé los brazos para saludarlos y mi gesto coincidió con el primer disparo. En un santiamén estuve pegado al piso, mientras sobre mi cabeza silbaban las ráfagas de balas disparadas por los Ciborg y los Guardias de Frontera que venían a vengar mi supuesta desaparición.
En cuanto pude empecé a gritar para que detuvieran el fuego, pero el fragor del tiroteo hacía inaudible mi voz. No había forma de ensayar ninguna actitud para terminar con esa increíble irracionalidad que me estaba pasando por encima. En cuanto acallaban un poco los estampidos de las balas, se escuchaban las roncas voces de mando de ambos lados y los ayes lastimeros de los heridos. No había posibilidad de tregua. Como pude empecé a arrastrarme sin estar seguro para qué lado ir. Instintivamente se me cruzaba la imagen de Alfa, así es que opté por reptar hacia donde estaban ubicados los “mutangones”.
Ahora se me planteaba una disyuntiva muy difícil de resolver. No sabía cuál iba a ser la actitud de los “mutangones”. Mirase por dónde se mirase, yo seguía siendo un Guardia de Frontera, por un lado. Por el otro lado, yo era un desertor.
Mi conciencia me impedía disparar contra uno u otro. El tiempo convivido con estos seres castigados por sus llagas y sus amarguras, habían desarrollado en mí unos inéditos sentimientos y mis afectos se repartían entre ellos y mis antiguos camaradas.¿Cómo debía actuar, entonces, para no equivocarme?.
Con los ojos saturados de lágrimas encaré la mirada del anciano, que sudoroso no dejó entrever ninguna reacción. Su cara era una máscara pétrea desprovista de gestos que denunciaran algún sentimiento. El arma parecía una parte más de su cuerpo y las cananas cruzadas eran una vestimenta más.
Atisbé desesperado en todas direcciones hasta que, envuelta en el humo de la pólvora y los gritos de los heridos, divisé a Alfa.
Sobrecogido de miedo corrí hasta ella que salió a mi encuentro con los brazos abiertos. Sin muchos miramientos la jalé hasta un escondrijo entre las rocas. Allí, jadeantes, con una mirada nos entendimos y sigilosamente nos fuimos alejando del campo de batalla.
Quedaba muy poco tiempo de luz cuando llegamos a la cima de un cerro. Desde allí se dominaba el llano en donde los Ciborg y Guardias de Frontera combatían en contra de los “mutangones”. Divisamos una gran cantidad de cuerpos inmóviles yaciendo sobre los campos, mientras otras figuras se movían subrepticiamente entre los roquedales y hondonadas del terreno. El tiroteo se escuchaba apagado y lejano. Desde nuestro puesto de observación podíamos visualizar como, de cuando en cuando, alguno de ellos daba una voltereta y se quedaba muy quieto sobre el suelo. ¡Se iban a masacrar hasta que no quedara uno solo con vida!. Allí me di cuenta que jamás aprenderían...
Alfa lloraba en silencio. Puse su cabeza sobre mi pecho para que no viera que yo también estaba llorando. Cada lágrima era una llaga más en mi alma. Entendí que por más lecciones dictadas a sangre y muerte que el Hombre ha recibido a lo largo de toda la Historia, no ha aprendido ni aprenderá.
Antes de darles la espalda y marcharnos, con mis dos manos me agarré los genitales e hice un gesto obsceno que ellos jamás verían y aunque así fuera, estoy seguro que nos les importaría ni un comino.
1991.-Noviembre 1= Obtiene la 1ª Mención en el Certamen Regional de Cuentos “Isidro Quiroga”, organizado por la Asociación del Personal de Conducción de la Sociedad Cooperativa Popular Limitada de Comodoro Rivadavia. El cuento se titula “La Verdadera Verdad” y constituye la base del Cuento “Mutangonia”
GLORIA
LEUMAN está harto de explicarle a REGEORK, su subalterno, que no puede abandonar la Base así como así, por más valederas que sean sus razones. Ellos eran extraterrestres asentados en las profundidades marinas del Golfo San Jorge y les estaba vedado intervenir en los asuntos propios de los Seres Humanos.
REGEORK era curioso por naturaleza y su instinto de investigador era estimulado por las paradójicas conductas de estas criaturas que poblaban el planeta acuoso y cuyas reacciones impredecibles hacían interesante, científicamente hablando, a esta especie.
- Los fanatismos humanos son cosa humana – redundaba Leuman, como reflexionando para si mismo – no puedes intervenir…
- No quiero intervenir…sólo quiero saber por qué una fémina puede llegar a generar tanto apasionamiento en las multitudes. Solo eso….
- De ninguna manera voy a autorizar un sobrevuelo en la región… tu propuesta es interesante, pero el riesgo es mucho, Regeork.
A Leuman también le picaba el bicho de la curiosidad, pero no quería ceder tan fácilmente. El conocía mucho de mujeres porque en varias oportunidades había tenido la posibilidad de compartir con ellas cuando, corporeización mediante, logró mezclarse con la gente en algunas de las tantas ciudades del mundo. Incluso había logrado entablar amistad con algunas, llegando más allá del límite permitido disfrutando del profundo e indescriptible placer del sexo con ellas en interminables noches de lujuria. Eso no podía admitirlo ante nadie, porque podía significar su degradación en el cargo que ostentaba. Sin embargo, a pesar de su vasta experiencia, no lograba encasillar a ésta en ninguno de los parámetros normados de especimenes conocidos, según le comentaba Regeork sobre las características de la mujer por la cual multitudes al unísono clamaban por ella.
- Estamos en tiempos de paz en estos territorios, por ahora – razonó Regeork, sacándolo de sus cavilaciones a Leuman que imperceptiblemente sonreía para sus adentros recordando sus tiempos pasados – hemos sobrevolado estos países en épocas de extremas turbulencias sociales y no ha pasado nada.
- Bueno, como decir nada no es real. Hemos tenido algunas bajas. Algunos de nuestros aparatos han fallado y hemos expuesto nuestros secretos a estos humanos irresponsables. Fíjese – agregó tratando de justificar su exabrupto - que ellos mismos son los causantes de todas sus catástrofes. Jamás han puesto cuidado en la utilización de los distintos productos que ellos mismos crean y a lo largo de los años han ido deteriorando su hábitat natural y ocasionando desde tormentas imparables hasta enfermedades como el cáncer, el sida y hasta el hanta virus. Desertizaciones, calentamiento global, epidemias…
- Con lo que Ud. me está diciendo confirma mis afirmaciones acerca de su fanatismo – adujo Regeork con obstinación - Por lo menos, autoríceme para realizar una discreta observación. Recuerde la utilidad que tiene saber todo de esta gente…
-Está bien Regeork, algo vamos a hacer…déme detalles
- Bueno, el país es Argentina, acá mismo. El fenómeno se produce cuando se congregan para celebrar algunos eventos en donde trasuntan su compromiso con esta mujer a la que comprometen su vida por ella y con ella. Eso es lo interesante, ya que lo han mantenido, por lo menos de palabra, por cientos de años, sucediendo generación tras generación con la misma cantinela. Se hace bastante evidente en los eventos que ellos llaman deportivos. Por otro lado también, aparentemente esta gente se guía por ciclos. Hay fechas en donde recrudece ese fanatismo y hoy es precisamente uno de esos días. No ocurre nada similar en otros países, solo en éste.
- Creo que me convenció, subalterno Regeork – casi mintió Leuman, pero apenas aguantaba las ganas de ver alguna mujer - Mientras termina de amanecer, ordene todos los recaudos para que viajemos a alguno de los puestos de observación que tenemos en la Patagonia.
- A sus órdenes, mi superior. El cerro Pico Truncado es especial para estas observaciones.
La nave sobrevoló cautelosamente los cielos patagónicos. Su paso sobre Caleta Olivia, fue ocultada por unas espesas nubes matutinas. Sin contratiempos, mientras las ciudades renacían perezosamente de su noctívago letargo, los alienígenos se posaron en el cerro y procedieron a conectarse con sus distintos puntos satelitales sintonizando una cuadratura de emisiones radiales y televisivas que iban sintetizando en grabaciones microsónicas y que luego las analizadoras holísticas se encargarían de definir.
Regeork estaba entusiasmado con el detector de imágenes, que extraía de los satélites las señales de los canales de televisión, para mostrarle a su superior las razones de su inquietud.
De repente se le escapó un bramido estertóreo que sobresaltó a todos.
- ¡Ahí están! ¡Ahí están, mi superior Leuman, ahí están! ¡Escúchelos!
Leuman alcanzó a escuchar justito cuando la multitud coreaba a todo pulmón:
“O juremos con GLORIA morir…o juremos con GLORIA morir…”
- ¡Quiero conocer a esa mujer! ¡Quiero conocer a Gloria! – Musitó Leuman entre dientes casi libidinosamente – debe ser una augey etneilac (en su idioma: “apasionante mujer”), como para provocar semejante exaltación. ¡Quieren morir con Ella!!!
El 25 de Mayo, mientras tanto, vestía de celeste y blanco a toda la Argentina. Y en cada uno de todos los pueblos del País se repetía incesante el mismo canto.
2009.- Agosto.- El Cuento “GLORIA” obtiene el Primer Premio en el Concurso literario de la Asociación de Escritores de Pico Truncado “Plumas al Viento”.
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